Cuenta una vieja leyenda que un monje muy venerado en Japón vagaba por las inmediaciones de la ciudad de Hiraizumi, y un buen dÃa el camino que recorrÃa quedó casi oculto por una espesÃsima niebla, lo cual impedÃa que prácticamente pudiera dar un paso adelante el monje.

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El monje, cuyo nombre era Jikaku – daishi, se quedó parado e intentó mirar a su alrededor, pero no veÃa nada, absolutamente nada, tan sólo el suelo. Y fue allà donde descubrió una hilera blanca formada por los pelos de un ciervo.
Se dijo que ésa era una señal y una buena referencia para proseguir su camino y comenzó a andar guiado por los pelos blancos, hasta que de pronto vio al propio animal tumbado y descansando. El monje, con toda la cautela posible, intentó acercarse al ciervo, pero de pronto lo engullió la bruma ambiental.
Jikaku – daishi se quedó impactado y como petrificado, hasta que surgió de la nada la figura de un anciano con largas barbas y el pelo completamente cano. Este anciano de forma muy solemne le dijo al monje que como habÃa llegado hasta ese lugar, justo en ese sitio tenÃa que levantar un templo al que fueran a descansar las almas perdidas. Y tras decir eso, volvió a desaparecer.
Lógicamente el monje comenzó al dÃa siguiente la construcción del templo de Motsu-ji- CorrÃa el año 850, y todavÃa, aunque muy transformado, perdura este recinto sagrado, uno de los más venerados en una ciudad tan rica en tradiciones y patrimonio como es Hiraizumi, uno de los lugares más interesantes de la región de Tohoku, al norte de la isla de Honshu, la más grande del archipiélago que conforma Japón.
